“Imaginaros a un ser querido. Un padre. Una madre. Una abuela. Alguien que os ha acompañado toda la vida. Hoy esa persona necesita ser cuidada.”
Así arrancó Jesús García Mora su presentación en el último StartupRing celebrado en Albacete. Y funcionó. En apenas unos segundos, la sala dejó de escuchar una presentación tecnológica y empezó a recordar a alguien. Una madre que vive sola. Un padre que empieza a necesitar ayuda. Una abuela que ya no puede organizarse como antes. Un hijo que trabaja, tiene familia, vive lejos o simplemente no llega a todo.
Ese fue el gran acierto inicial del pitch de Cuidagram: no empezó hablando de plataforma, filtros, WhatsApp ni automatización. Empezó hablando de una escena que cualquiera podía entender. Y eso, en una presentación de negocio, vale mucho más que una diapositiva llena de funcionalidades.
Tener un producto que emociona no garantiza tener un negocio que funcione. Si tu audiencia entiende el problema, pero no entiende qué vendes primero, a quién se lo vendes, cuánto cobras y cómo vas a llegar al mercado, no tienes todavía una startup clara. Tienes una buena solución buscando modelo.
Y esto es justo lo interesante del formato StartupRing. No es un evento para aplaudir por compromiso ni para destrozar proyectos desde la grada. Se trata de poner una idea real delante de empresarios, emprendedores, inversores y posibles clientes, y ver qué ocurre cuando el proyecto baja del PowerPoint al barro.
Porque en el barro aparecen las preguntas buenas. ¿Quién compra realmente esto? ¿El usuario es quien paga? ¿El precio soporta el coste de captación? ¿Hay un solo producto o dos productos compitiendo entre sí? ¿La emoción ayuda a vender o está tapando que el modelo todavía no está claro?
Eso fue lo que ocurrió con Cuidagram. Y por eso merece la pena convertir este Ring en una lección de negocio.
Qué presentó Jesús García en el Startup Ring
Jesús presentó Cuidagram, una plataforma que conecta familias con cuidadores disponibles en su zona de forma directa, sin intermediarios. La idea es sencilla de entender: una familia necesita encontrar a una persona que pueda cuidar de un ser querido, ya sea para una noche de hospital, unas horas de acompañamiento, una ayuda puntual o una relación más estable.

La familia entra en la plataforma, busca cuidadores por ciudad, filtra por precio, código postal o tipo de servicio, revisa perfiles verificados y puede contactar directamente con el cuidador. Uno de los elementos más interesantes del producto es el vídeo de presentación de cada profesional. No es un detalle menor. En servicios de cuidado, la confianza no se construye solo con datos, experiencia o precio. Se construye también viendo a la persona, escuchándola y percibiendo si transmite tranquilidad.
Ese vídeo de diez segundos puede tener más impacto que una ficha perfecta llena de texto. Porque una cosa es leer “cuidadora con experiencia” y otra muy distinta es ver a una persona que te habla, te mira y te genera una primera sensación de confianza. Cuando hablamos de dejar a alguien al cuidado de tu padre o de tu madre, ese matiz pesa mucho.
Además, Cuidagram permite publicar una necesidad concreta a través de un servicio tipo “Express”. La familia explica qué necesita, en qué localidad, qué tareas hay que cubrir y el sistema lo envía a los cuidadores disponibles. Hasta aquí, el producto tiene sentido: problema real, solución clara, uso práctico, mercado creciente y una necesidad emocional y funcional evidente.
Pero Jesús no presentó solo Cuidagram. También presentó Mi Pastilla. Y ahí empezó la parte estratégica más interesante del Ring.
Mi Pastilla nació como un servicio de recordatorio de medicación por WhatsApp. La persona indica qué medicación necesita recordar y el sistema le envía mensajes automáticos para evitar olvidos. Pero el proyecto ha ido creciendo. Ya no es solo un recordatorio de pastillas. También incorpora acompañamiento conversacional, juegos, seguimiento diario, alertas familiares y botón de ayuda con localización.
Es decir, Mi Pastilla empieza como un recordatorio y se acerca poco a poco a una especie de teleasistencia digital sencilla, accesible y sin instalación de aplicaciones. Todo desde WhatsApp. Y esto es muy potente, porque cuando trabajas con personas mayores, reducir fricción no es un detalle técnico. Es el centro del negocio.
No puedes pedirle a una persona de 80 años que descargue una app, cree una cuenta, valide el correo, configure permisos y entienda un panel. Bueno, poder puedes. Pero luego no te quejes de que nadie lo usa. WhatsApp, en cambio, ya está en su vida. Lo usan para hablar con sus hijos, recibir fotos de los nietos, contestar mensajes, hacer videollamadas y mandar audios eternos que empiezan con “no sé si esto está grabando”.
Ahí hay una decisión de producto muy inteligente: no obligar al usuario a cambiar de hábito. Eso no es solo tecnología. Eso es empatía de diseño.
El gran acierto: no vender tecnología, vender tranquilidad
Uno de los aprendizajes más claros del Ring fue este: Cuidagram y Mi Pastilla no venden tecnología. Venden tranquilidad.
Tranquilidad para el hijo que trabaja y no puede estar pendiente todo el día. Tranquilidad para la familia que necesita encontrar un cuidador con rapidez. Tranquilidad para quien vive lejos de sus padres. Tranquilidad para quien sabe que una medicación olvidada puede generar un problema serio.
También venden tranquilidad para una farmacia que quiere reforzar la relación con sus clientes mayores, para un ayuntamiento que quiere ofrecer un servicio útil a sus vecinos o para una entidad vinculada al cuidado que busca una solución sencilla sin meter a los usuarios en una aplicación nueva.
Cuando un producto toca el cuidado de personas mayores, dependientes o vulnerables, la propuesta no puede quedarse en “tenemos una plataforma”. La plataforma es el vehículo. El destino es otro. El destino es que una familia duerma un poco más tranquila.
Y aquí Jesús tiene un activo muy valioso: el problema que está abordando importa de verdad. No es otra app para organizar tareas, otro panel de control o una herramienta que solo entiende quien la ha creado. Es un proyecto que toca una necesidad humana, cotidiana y creciente.
Eso explica por qué la presentación emocionó. Pero en negocio hay una trampa peligrosa: cuando el problema emociona mucho, podemos creer que el modelo ya está resuelto. Y no. La emoción abre la puerta. El modelo de negocio decide si alguien entra, paga y se queda.

El error: presentar dos productos sin construir el viaje
Aquí apareció la primera gran lección del Ring. Cuidagram y Mi Pastilla tienen relación entre sí, pero en la presentación se percibieron en algunos momentos como dos proyectos separados. Primero, una plataforma de cuidadores. Después, un sistema de recordatorio y teleasistencia por WhatsApp.
Ambos tienen sentido. Ambos resuelven problemas dentro del mundo del cuidado. Ambos podrían formar parte de una misma estrategia. Pero cuando presentas dos productos a la vez, obligas al público a hacer un esfuerzo mental extra. Y cuando el público tiene que ordenar por ti tu negocio, algo falla.
La pregunta que apareció en la sala fue muy clara: ¿son dos negocios independientes o uno es la puerta de entrada del otro?
Porque no es lo mismo decir “tenemos Cuidagram y también Mi Pastilla” que decir: “Cuidagram ayuda a las familias a cuidar mejor de sus mayores. Empezamos por algo muy sencillo: Mi Pastilla, un sistema de seguimiento y recordatorios por WhatsApp. Y cuando esa familia necesita ayuda presencial, la conectamos con cuidadores verificados a través de Cuidagram.”
La segunda versión construye un viaje. Primero, la familia detecta una necesidad pequeña pero frecuente: recordar medicación, saber si su padre está bien o tener una alerta si necesita ayuda. Después, si la necesidad crece, aparece la segunda solución: encontrar un cuidador.
Ahí los dos productos no compiten. Se ordenan. Mi Pastilla puede ser la puerta de entrada. Cuidagram puede ser la solución de continuidad. Y el negocio deja de parecer dos ideas distintas para convertirse en un sistema de cuidado familiar.
Esta diferencia es enorme en un pitch para inversores, pero también en cualquier presentación comercial. Un inversor no quiere jugar a montar tu puzzle. Un cliente tampoco. Tu trabajo es darle el puzzle montado.
Competir contra ti mismo: el síndrome de Frankenstein
A muchos emprendedores les pasa algo parecido. Empiezan con una idea, detectan otra oportunidad, añaden una funcionalidad, luego un módulo, luego otro público, luego otro canal y, cuando se dan cuenta, ya no tienen un producto claro. Tienen una criatura con brazos de un negocio, piernas de otro, cabeza de SaaS, corazón de marketplace y bolsillo de autónomo reventado.
El síndrome de Frankenstein empresarial. Cada pieza por separado puede tener sentido. El problema es el conjunto.
En el caso de Cuidagram, lo interesante no es criticar que Jesús tenga dos líneas. De hecho, puede ser una ventaja. Lo interesante es que el mercado necesita entender cuál es el orden. Porque si no, aparece la confusión: ¿estoy invirtiendo en una plataforma de cuidadores, en un sistema de teleasistencia por WhatsApp, en una herramienta para farmacias, en una solución para ayuntamientos, en un servicio para hijos de personas mayores o en un SaaS B2B?
La respuesta puede ser: en un sistema completo de cuidado accesible desde WhatsApp y conectado con cuidadores reales. Pero hay que decirlo así. Claro. Directo. Sin obligar a nadie a hacer gimnasia mental.
En negocios, muchas veces no gana quien tiene más piezas. Gana quien sabe en qué orden se enseñan.
Vender demasiado barato también puede ser un problema
Otro punto que salió en el debate fue el precio. Cuando un producto se percibe como útil, sensible y conectado con una preocupación real, venderlo demasiado barato puede generar un efecto extraño. No siempre vender barato facilita la venta. A veces la debilita.
Si alguien me dice que por una cantidad muy baja puedo resolver un problema menor, lo entiendo. Pero si me dice que por una cantidad muy baja voy a tener tranquilidad sobre la medicación, seguimiento o alertas de una persona mayor, puedo pensar dos cosas. La primera: “oye, qué accesible”. La segunda: “¿esto será serio?”
El precio comunica valor. Y en productos relacionados con salud, cuidado, familia o seguridad, el precio tiene que ser accesible, sí, pero también creíble.
Aquí hay que separar dos cosas. Una cosa es que el usuario final sea sensible al precio. Otra distinta es que el comprador real esté dispuesto a pagar más si entiende bien el valor. Y este es otro aprendizaje clave del Ring: en Mi Pastilla, probablemente el usuario y el comprador no son la misma persona.
El usuario puede ser el padre. Pero quien compra puede ser el hijo. Y el hijo no compra “recordatorios”. Compra tranquilidad. No compra “WhatsApp automático”. Compra saber que su padre no está completamente solo si algo ocurre. No compra “un bot”. Compra una pequeña red de seguridad.
Cuando cambias el comprador, cambia el mensaje. Y cuando cambia el mensaje, puede cambiar el precio.
El usuario puede ser la persona mayor, pero el comprador suele ser quien duerme peor por la noche pensando en ella. Si vendes recordatorios, compites contra una alarma. Si vendes tranquilidad, cambias de categoría.
El coste de captación puede comerse el negocio
La tecnología puede ser escalable. El marketing no siempre. Esta frase habría que tatuársela antes de lanzar cualquier modelo de negocio startup.
Jesús explicó algo muy importante: captar cuidadores no parece el mayor cuello de botella. El problema está en darse a conocer. Y eso es justo donde muchos proyectos se rompen. Porque una cosa es que el producto funcione cuando alguien lo prueba, y otra muy distinta es conseguir que suficientes personas lo conozcan, lo entiendan, confíen y paguen.
Si tienes un producto de bajo ticket y vas usuario a usuario, necesitas muchísimo volumen. Y para conseguir volumen necesitas marketing, acuerdos, distribución, repetición, marca, inversión o una combinación de todo eso. Si vendes suscripciones muy baratas a particulares, cada euro gastado en captar clientes pesa mucho.
Por eso durante el Ring apareció una idea muy sensata: quizá el camino no sea ir persona a persona, farmacia por farmacia o familia por familia. Quizá el camino sea buscar puertas de entrada concentradas: ayuntamientos, diputaciones, grupos de farmacias, residencias, asociaciones, aseguradoras, empresas de ayuda a domicilio o entidades que ya tienen acceso al público objetivo.
Porque el problema no es solo quién necesita la solución. El problema es quién puede distribuirla.

B2C o B2B: la pregunta que cambia todo
Cuidagram y Mi Pastilla pueden parecer productos para consumidores finales: familias, hijos, personas mayores y cuidadores. Pero quizá el modelo más viable no esté ahí. O no solo ahí.
Una familia puede pagar, sí. Pero llegar a esa familia una a una puede salir muy caro. En cambio, una farmacia puede querer fidelizar a sus clientes mayores. Un ayuntamiento puede querer ofrecer un servicio de acompañamiento y seguimiento a vecinos de edad avanzada. Una residencia puede usarlo como complemento de comunicación. Una asociación puede incorporarlo como servicio de valor. Una aseguradora puede incluirlo como prestación adicional.
Ese cambio es enorme. Pasas de vender “una suscripción barata a una persona” a vender “una solución de cuidado y seguimiento a una entidad que ya tiene usuarios”.
Esto no elimina el B2C, pero lo ordena. El B2C puede servir para validar uso, mensajes y comportamiento. El B2B puede escalar distribución. Y ahí el pitch cambia. Ya no dices solo: “tenemos un recordatorio de medicación por WhatsApp”. Dices: “ayudamos a farmacias, ayuntamientos y entidades de cuidado a ofrecer un sistema sencillo de seguimiento, recordatorio y alerta para personas mayores, sin instalar apps y usando WhatsApp”.
Es otra película. Mismo producto. Mejor modelo.
En Castilla-La Mancha, este enfoque tiene todavía más sentido. Hay municipios pequeños, zonas envejecidas, familias dispersas y servicios públicos o privados que necesitan soluciones sencillas para mejorar el seguimiento sin complicar la vida al usuario. En ese contexto, una herramienta que funcione por WhatsApp puede ser mucho más que una curiosidad tecnológica. Puede convertirse en un servicio de proximidad.
La emoción debe estar al servicio del negocio
Uno de los momentos más comentados del Ring fue la parte emocional. La presentación consiguió tocar una fibra muy potente. Pero también dejó una reflexión interesante: cuando emocionas demasiado en mitad del pitch, puedes sacar al público del hilo racional.
Esto no significa que haya que eliminar la emoción. Al contrario. La emoción es una ventaja enorme. Pero hay que colocarla bien. En un pitch, la emoción puede funcionar muy bien al inicio, para abrir la herida y mostrar el problema. También puede funcionar al final, para cerrar con fuerza y dejar clara la misión. Pero si colocas el golpe emocional en mitad, justo antes de explicar modelo, precio o estrategia, corres el riesgo de que la audiencia se vaya a su propia historia personal y deje de seguir tu argumento.
Esto es especialmente importante en proyectos de salud, dependencia, mayores o cuidado familiar. Son temas que remueven. Y cuando algo remueve, hay que manejarlo con cuidado. No basta con emocionar. Hay que guiar esa emoción hacia una decisión.
La decisión puede ser comprar, invertir, recomendar, probar, abrir una puerta o pedir una reunión. Pero tiene que haber decisión. Si no, la gente sale diciendo “qué bonito proyecto”. Y “qué bonito proyecto” no paga nóminas.
La pregunta incómoda: ¿de qué quieres vivir?
En el debate apareció otra pregunta de fondo: cuál es la situación financiera del proyecto y hasta dónde está dispuesto a llegar el emprendedor. Jesús explicó que no vive actualmente de Cuidagram. Tiene otra actividad profesional y desarrolla el proyecto con apoyo de su hermano, con perfil sanitario, además de perfiles tecnológicos y mentores.
Esto también es muy real. La mayoría de proyectos no empiezan con un equipo perfecto, financiación cerrada y dedicación completa. Empiezan en ratos robados, después del trabajo, los fines de semana, con ilusión, cansancio y muchas dudas.
Pero precisamente por eso el foco es todavía más importante. Cuando tienes recursos limitados, no puedes permitirte disparar en cinco direcciones. Tienes que elegir una hipótesis principal. No la definitiva. La principal. La que vas a validar durante los próximos 30, 60 o 90 días.
Y esa hipótesis debería responder a cuatro preguntas: qué vendo, a quién se lo vendo, por qué canal llego y qué métrica me dice si voy bien. Sin eso, el emprendedor se convierte en el motor de todo. Y cuando el emprendedor se agota, el proyecto se para.
Qué haría yo después del Ring
Si tuviera que ordenar el siguiente paso de Cuidagram, no construiría más funcionalidades todavía. Sé que esto duele. A los emprendedores técnicos les encanta construir: una pantalla más, una integración más, un módulo más, una versión más limpia, un bot más listo o un panel más bonito. Pero el proyecto no parece necesitar ahora más producto. Necesita más validación comercial.
Mi recomendación sería elegir una hipótesis principal durante 30 días: Mi Pastilla como puerta de entrada al sistema Cuidagram. No como producto aislado, sino como primer paso del viaje.
La propuesta podría formularse así: “Cuidagram ayuda a familias a cuidar mejor de sus mayores. Empezamos con Mi Pastilla, un sistema por WhatsApp para recordar medicación, hacer seguimiento diario y avisar a familiares si la persona necesita ayuda. Y cuando la familia necesita apoyo presencial, conectamos con cuidadores verificados.”
Esto ordena el relato. Después probaría tres canales concretos. Primero, farmacias de confianza en Albacete y provincia. No todas. Tres o cinco. Bien elegidas. Con público mayor. Con titulares sensibles al servicio. Con capacidad de recomendarlo. Segundo, un ayuntamiento pequeño. No hace falta empezar por una gran institución. Mejor un municipio manejable, envejecido, donde se pueda testar si el servicio se entiende y si aporta valor. Tercero, familias cuidadoras. Pero no como campaña masiva, sino como entrevistas y prueba controlada con hijos e hijas de 45 a 65 años que tengan padres mayores con medicación diaria o que vivan solos.
Durante ese mes mediría cinco cosas: cuántas personas activan el servicio, cuántas configuran un recordatorio real, cuántas responden al seguimiento, cuántas estarían dispuestas a pagar después de probarlo y qué frase usan para explicarlo a otra persona. Esta última es clave, porque ahí suele estar el verdadero mensaje comercial.
Tres decisiones que Cuidagram debería tomar ahora
La primera decisión es ordenar el relato. No presentar Cuidagram y Mi Pastilla como dos proyectos separados, sino como dos momentos de un mismo viaje: primero seguimiento y tranquilidad por WhatsApp; después acceso a cuidadores verificados si hace falta apoyo presencial.
La segunda decisión es validar quién paga. No asumir que el usuario final es el comprador. En este caso, el padre puede usar el servicio, pero el hijo, la farmacia, el ayuntamiento o una entidad colaboradora pueden ser quienes realmente lo paguen.
La tercera decisión es probar distribución antes de construir más. Antes de añadir nuevas funcionalidades, probar el servicio con pocas puertas bien elegidas: tres farmacias, un ayuntamiento pequeño y diez familias cuidadoras. Medir activación, uso real, intención de pago y frase espontánea de recomendación.
Estas tres decisiones no requieren seis meses de desarrollo. Requieren foco, llamadas, conversaciones y seguimiento. Vamos, lo menos glamuroso del mundo startup. Justo por eso suele funcionar.
El verdadero valor del StartupRing
Para mí, esto es lo que hace valioso el formato StartupRing. No es un evento para que un emprendedor se suba, enseñe unas diapositivas y todos digamos “muy interesante”. Eso no sirve de mucho. El valor está en que el proyecto recibe feedback desde varios lugares a la vez: desde quien mira como posible inversor, desde quien mira como empresario, desde quien mira como cliente, desde quien mira como usuario y desde quien ya se ha pegado alguna vez contra el muro de captar clientes, cobrar poco o construir más de lo necesario.
Ese contraste es incómodo, pero vale oro. Porque fuera de la sala, el mercado no te explica nada. Simplemente no compra. Dentro del Ring, al menos alguien te dice por qué podría no comprar. Y eso, si lo usas bien, puede ahorrarte meses de trabajo en la dirección equivocada.
Después de escuchar el pitch y el debate, me quedo con una idea clara: Cuidagram tiene materia prima. Tiene problema real. Tiene propósito. Tiene producto. Tiene una decisión técnica acertada al usar WhatsApp como canal. Tiene una conexión lógica entre cuidado, seguimiento y apoyo presencial. Tiene un emprendedor que ha construido, probado y se ha expuesto.
Eso ya es mucho. Ahora toca lo difícil: convertir todo eso en un modelo claro. No más grande. Más claro.
Porque a veces el crecimiento no empieza añadiendo cosas. Empieza quitando ruido. Quitando una línea del pitch. Quitando una funcionalidad secundaria. Quitando un precio que no comunica valor. Quitando un canal que dispersa. Quitando la necesidad de explicarlo todo. Hasta que queda una frase que cualquiera puede repetir.
Y quizá, en este caso, la frase podría ser esta: Cuidagram ayuda a las familias a cuidar mejor de sus mayores desde WhatsApp, combinando recordatorios, seguimiento y acceso a cuidadores verificados cuando hace falta apoyo presencial.
Ahí hay negocio. Ahora hay que validarlo con datos, conversaciones, aliados y ventas. Porque emprender no es tener muchas ideas. Es elegir cuál merece sobrevivir esta semana.
Antes de automatizar, toca ordenar
Este caso conecta con una de las ideas que más repito cuando trabajo con pymes, startups y emprendedores: la tecnología no arregla un modelo confuso. Lo acelera.
Si tienes claro el cliente, el problema, el canal y el modelo de ingresos, la IA y la automatización pueden ayudarte muchísimo. Pero si no lo tienes claro, solo vas a automatizar la confusión. Cuidagram y Mi Pastilla no necesitan más humo tecnológico. Necesitan una secuencia clara: primero, definir la puerta de entrada; después, validar quién paga; luego, cerrar alianzas de distribución; y solo entonces, automatizar lo que ya haya demostrado señales de funcionar.
Ese orden parece lento, pero suele ser el camino más rápido para no quemar tiempo, dinero y energía.
Como reflexión final comentar, un buen producto no basta
El último StartupRing nos dejó una lección muy útil para cualquier emprendedor: puedes tener un producto que emociona, una tecnología bien pensada y una necesidad real delante, pero si tu modelo de negocio startup no está ordenado, el mercado se va a quedar mirando con cara de “me gusta, pero no sé qué hacer ahora”.
Y esa frase mata más proyectos que la competencia.
Por eso, antes de buscar inversión, lanzar campañas o añadir funcionalidades, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿estoy presentando un negocio o estoy enseñando todo lo que he construido?
No es lo mismo. Y el mercado lo nota.
Si tienes un producto, una nueva línea de negocio o una idea que ya empieza a tener forma, pero no tienes claro el cliente, el canal, el precio o el modelo de captación, quizá no necesitas correr más. Necesitas parar una mañana y hacer una radiografía seria.
Porque muchas veces no falla la idea. Falla el puente entre la idea y el negocio.
Si estás en ese punto, puedes empezar por la Radiografía de Negocio, una forma sencilla de ordenar qué tienes, qué está bloqueando el crecimiento y qué deberías validar antes de construir más.
¿Te ves reflejado en esto?
No necesitas más teoría. Necesitas claridad sobre tu negocio.
Haz tu Radiografía de Negocio →Consultor de IA y procesos para pymes en Albacete. Ayudo a empresarios a ordenar su negocio antes de automatizarlo.
Sobre Enrique →