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Enrique Torres

Una historia de decisiones, no de milagros: el caso de REQ Aluminium, en Caudete, y lo que cambió cuando dejaron de vender aluminio a cualquiera.

Raúl Esteve Quílez, fundador de REQ Aluminium, sostiene un cartel con el logotipo de la empresa y un lingote de aluminio.
Raúl Esteve Quílez, fundador de REQ Aluminium (Caudete, Albacete). Foto: REQ Aluminium.

Tenían un aluminio extraordinario.
Los clientes lo compraban.
Y perdían dinero.

Así describe Raúl Esteve Quílez, fundador de REQ Aluminium, la primera etapa de su fundición de aluminio reciclado de Caudete (Albacete). Escuché su historia el 8 de octubre de 2026 en un StartupBeer, en la cervecería La Nena de Albacete, uno de los encuentros de la Asociación de Startups de Castilla-La Mancha, de cuya Junta Directiva formo parte como vocal. «Extraordinario» es una valoración de Raúl y de sus clientes, no un dato que yo haya medido. Lo que cuenta como hecho suyo es que vendían bien y que los números no salían.

Lo que consiguió tiene un mérito poco común: un licenciado en Historia de Caudete, sin formación industrial, se propuso fabricar un aluminio reciclado que, según él, está entre los de mayor calidad del mercado, y hacer rentable el negocio en un plazo razonable. Lo primero llegó antes que lo segundo. De esa diferencia trata este artículo. Raúl añade un factor que, en su experiencia, pesa mucho: fabricar en España. Señala extracostes importantes y una normativa más estricta que en otros países, y cree que en otro entorno habría llegado antes a la rentabilidad. Es su visión; no he contrastado cuánto pesa cada factor.

¿Por qué una empresa con un producto muy bueno y muchas ventas puede perder dinero? En el caso de REQ Aluminium, porque vendía calidad alta a un precio de calidad baja, a clientes para los que esa calidad no era decisiva. El negocio empezó a funcionar cuando dejaron de vender aluminio a cualquiera y buscaron a las empresas a las que un aluminio malo les sale caro.

Un campo donde equivocarse sale barato

Raúl venía del sector energético. Durante 27 años distribuyó gas butano en Caudete y alrededores, un negocio rentable, con unos 10.000 clientes y servicio de guardia a todas horas. Estaba agotado y necesitaba un cambio. Buscaba una actividad paralela que consumiera mucho gas y quedaron dos finalistas: una tostadora de café y una fundición de aluminio.

REQ Aluminium parte de chatarra de aluminio, la funde, ajusta su composición y la convierte en lingotes con los que otras empresas fabrican piezas. Raúl eligió ese negocio por un criterio concreto: si te equivocas en la composición, no pierdes el material, lo vuelves a fundir. Con el café, si te pasas con el tueste, pierdes el café. «Puedes perder la mano de obra, el gas, tu tiempo, pero el material no lo pierdes.»

Montón de chatarra de aluminio compactada, materia prima que REQ Aluminium funde y convierte en lingotes.
La materia prima: chatarra de aluminio. Si la composición sale mal, el metal no se pierde: se vuelve a fundir. Foto: REQ Aluminium.

Mi lectura. Elegir un terreno donde puedas probar sin jugártelo todo a una carta es una ventaja enorme. No significa que equivocarse sea gratis: significa que cada error cuesta lo bastante como para enseñar, pero no tanto como para acabar con el proyecto. Raúl lo resume así: si hubiera empezado a probar desde el primer día con un horno grande, estaría arruinado.

Cuatro intentos y un horno solo

Raúl encontró poca información: «el que sabe hacerlo no dice cómo se hace». Construyó un horno de pruebas de apenas kilo y medio y compró un analizador que lee la composición del metal. Probaba, medía, volvía a probar. Con ayuda de un inventor local, la cuarta aleación fue vendible. Cada prueba costaba unas horas y unos kilos de metal: un error barato y medible. Eso es experimentar. Gastar sin saber qué mides es otra cosa. Tampoco fue agradable: él mismo cuenta que volvía a casa desesperado.

Después llegó la escala. El primer horno que compró no salía rentable «ni ampliándolo a 24 horas». La instalación habitual de las grandes fundiciones, con dos hornos, suponía más de un millón de euros solo en maquinaria. Raúl optó, con «mucho ímpetu y mucha ignorancia», por un solo horno que funde y ajusta la aleación. Funcionó, pero durante una fase del proyecto no fue fiable. «Si ese horno sale a la primera, yo estaba en la NASA trabajando», bromea.

Mi lectura. Un invento que funciona a veces es una promesa de proceso, no un proceso. Y no copiar a los grandes no te exime de comprobar si lo tuyo aguanta.

Vendían todo y no ganaban dinero

Con ese horno salió un aluminio más limpio. Se vendía: «nos lo quitaban de las manos». Quienes lo usaban decían que iba mejor que el de otros. Entonces llegó la pregunta incómoda: «¿Ganábamos dinero? ¿Sí o no?».

Palés de lingotes de aluminio atados con flejes en una nave industrial.
Lingotes de aluminio paletizados. Foto: REQ Aluminium.

No. Según Raúl, vendían un aluminio de alta calidad a precio de aluminio de baja calidad. Lo comparó con vender un jamón de la máxima calidad a 50 euros: «Alguien está perdiendo dinero».

Raúl defiende con firmeza que el producto es básico, y su historia no lo contradice, lo completa: era necesario, pero no suficiente. Contó que, ahora que les va bien, le resulta fácil hablar de ello; antes, decir «tengo un aluminio maravilloso, pero perdemos dinero» se le atragantaba. Y había una trampa de método: el feedback que recibía era bueno y era real, pero respondía a otra pregunta. Un cliente al que le va mejor con tu producto te dice que funciona. No te dice que pueda pagarlo ni que te quede margen.

Mi lectura. Son tres preguntas distintas: si funciona, si se vende y si deja margen. Que un cliente diga «va muy bien» responde a la primera. No responde a la tercera.

La llamada que cambió la pregunta

Llegó la crisis de materia prima. Con la guerra de Ucrania cayó el consumo, el precio subió en poco tiempo y competidores con más recursos acapararon material. Raúl, casi sin recursos, se quedó sin materia prima y pensó que «hasta aquí hemos llegado».

Entonces llamó un fabricante de Galicia, al otro extremo de la península. Había encontrado su teléfono. Sus piezas salían con agujeros con el aluminio que usaba y necesitaba una aleación que Raúl no tenía. Empezaron un ir y venir de palés: el primero seguía dando agujeros; el segundo era mejor, pero el metal no llenaba el molde; el tercero estaba casi a punto; con el cuarto, funcionó. Fueron semanas de distancia, paciencia y mucha iteración, con la certeza compartida de que las piezas tenían que salir. Raúl lo resume así: los dos iban directos a la ruina si no salían.

Palés de lingotes de aluminio atados con flejes y cargados en un camión de lona lateral.
Lingotes paletizados cargados para su transporte (imagen ilustrativa). Foto: REQ Aluminium.

Raúl explicó el cambio con un matiz técnico que atribuyo a él: hasta entonces vendían sobre todo a empresas de inyección, donde la presión de la máquina hace menos determinante la calidad del aluminio; con piezas más delicadas, sí lo es. No es una frontera absoluta. Lo que importa es dónde un fallo sale caro.

Mi lectura. Cada palé fue una prueba barata con una medición real: la pieza sale o no sale. Y lo que cambió no fue el producto, fue la pregunta. Antes: «¿a quién vendo mi aluminio?». Ahora: «¿a quién le sale caro un aluminio malo?».

Buscar al cliente al que el problema le sale caro

«La diana acaba de cambiar», dijo Raúl. Empezó a preguntar: «¿Tienes problemas con el aluminio?». Esa pregunta funciona por una razón económica. Al cliente al que la pieza le sale mal, un aluminio mejor no le parece un lujo: es la diferencia entre tirar dinero y no tirarlo. Por eso paga un precio justo. Y hay un hueco estructural: una gran fundición trabaja con coladas de decenas de toneladas y servir un palé no le interesa. Lo que para el grande es un problema, lotes pequeños y aleaciones a medida, es para el pequeño el negocio.

Lo más útil es cómo encontró al siguiente cliente. No hizo una campaña: preguntó a un proveedor «¿quién tiene problemas con el aluminio?» y este le presentó a un fabricante de piezas difíciles. Un palé, un ajuste y el pedido siguiente. A un asistente que le preguntó cómo darse a conocer le respondió: «Que no te busque a ti, búscalo tú».

Aquel fabricante es hoy un cliente de mucho más volumen. Raúl describe una relación en la que ganan los dos: su aluminio mejora las piezas y los números del cliente, y uno de los hitos conseguidos fue sustituir aluminio primario por secundario en una pieza. Recuerda que el primario es más caro y más contaminante. Es su valoración, sin verificación externa. No identifico a este cliente: la mayoría de los de Raúl prefiere no aparecer, y es una forma razonable de proteger su negocio.

Mi lectura. Hay dos movimientos: definir al cliente por el problema, no por el sector, y buscarlo por el camino corto, preguntando a quien ya conoce a esos clientes. En el Método Mr. ET lo llamo cliente francotirador: no cualquiera que pueda comprarte, sino aquel para quien el problema que resuelves importa de verdad. Es mi interpretación; Raúl no usa ese término.

Piezas ornamentales de aluminio fundido apiladas en un contenedor metálico.

Vender mejor, no vender más

«No es vender más, es vender mejor», dijo Raúl, y añadió que no quiere ser una fundición grande. En su revisión lo concreta con una frase que resume el enfoque: «queremos vender el 5J del aluminio». Es decir, que se pague la calidad cuando la calidad tiene una consecuencia real para quien compra.

Ese enfoque protege frente a una tentación habitual: perseguir volumen antes de haber demostrado que cada unidad que vendes mejora el negocio. Crecer sobre una operación que pierde dinero no arregla el problema; puede hacerlo más grande.

El cuello de botella va cambiando

El problema principal de una empresa cambia según avanza. Al principio el reto fue conseguir la composición. Después, fabricar de forma viable. Más tarde, encontrar el mercado adecuado. Con mejores clientes llegaron los límites de capacidad, maquinaria y fiabilidad. Hoy, según Raúl, los cuellos de botella son la financiación y la materia prima. Cada vez que se resuelve uno, el problema no desaparece: se mueve a otra parte del flujo, y suele ser el eslabón que antes no se veía porque el anterior lo tapaba.

Mi lectura. Tras cada mejora conviene volver a preguntar dónde está el problema ahora, no dónde estaba cuando empezamos.

Ventas, beneficio y caja no son lo mismo

Raúl fecha su evolución económica así: pérdidas entre 2021 y 2023, pocos beneficios en 2024, crecimiento de facturación en 2025 y consolidación del proyecto en 2026. Y explica una de las causas de los años malos: no dimensionó bien cuánto dinero hacía falta. Se gastó en maquinaria todo lo que tenía, los ahorros de toda una vida, con un sobrecoste muy superior al previsto, y no quedó dinero para circulante. En su experiencia, no es un tema menor, porque es muy difícil encontrar bancos o ayudas que financien circulante.

Pasar de pedidos pequeños a pedidos grandes exige comprar más materia prima, mantener más stock y financiar el tiempo hasta cobrar. A eso se suma un mercado volátil: el aluminio cotiza en la bolsa de metales de Londres (LME) y reacciona a guerras, crisis energéticas y mercados. Raúl lo dice sin adornos: en este sector, pocos meses malos pueden hundirte.

Mi lectura. Ventas, beneficio y caja son tres conversaciones distintas. Se puede vender más y ganar menos, tener beneficio y quedarse sin caja, o tener dinero en la cuenta durante un tiempo y seguir sin un modelo rentable. En una pyme que crece conviene mirarlas juntas, y hacerlo antes de que el banco sea quien avise de que algo se ha torcido.

Lo que no sale en la foto

Un negocio así no es solo su fundador. Raúl insistió en tres apoyos. Chimo, un inventor local que le ayudó con la maquinaria. Ammie Pongpatiroj, su mujer, economista y banquera de profesión, que codirige la empresa con él desde hace unos dos años y con quien decide a qué precio se compra y se vende: «sin ella esto habría terminado mal». Y Alberto Rodilla, su mentor, con quien habla cada domingo por la mañana y que, más que decirle qué hacer, le dice qué no hacer.

Raúl atribuye los cambios de rumbo a personas mucho más experimentadas que él. De ahí su idea sobre aprender de los errores: «Saber lo que no tienes que hacer te da mucha información de lo que sí tienes que hacer.» También estudia proyectos ajenos que no salieron adelante, sin recrearse en ellos y sin juzgar a nadie en concreto: sirven para ver dónde se desperdició dinero o qué supuestos nadie cuestionó.

Y está el espacio donde un empresario puede hablar de los momentos malos con quien entiende lo que vive. Raúl contó que la Asociación y estos encuentros le sirvieron para contrastar problemas cuando las cosas no iban bien. Se habló mucho de aguantar. Es verdad, y no basta: aguantar sin cambiar de pregunta es seguir perdiendo dinero más tiempo.

Primero que funcione, después sistematizar

Raúl reconoce que hay un margen enorme de mejora en eficiencia, rentabilidad y sistematización. Su mentor le sugirió convertir lo aprendido en un modelo que pudiera replicarse, «tipo McDonald’s». Raúl fue más prudente: antes tiene que tener su primer modelo funcionando, seguir probando y equivocarse. En la charla bromeó con que eso «es lo que le gusta a Enrique, los sistemas». Es cierto, y por eso voy a ser prudente.

Mi lectura. El orden importa. Primero, que la operación funcione y aprender de sus fallos. Después, documentar y estandarizar lo que ya funciona. Luego, automatizar. Y solo entonces estudiar si merece la pena replicar. Por eso repito que la IA no arregla un mal proceso: lo acelera.

Lo que viene: cada fase resuelve problemas y crea otros

Estos son los planes de Raúl, no hechos consumados. Prevé multiplicar por 2,5 su fabricación a partir de comienzos de 2027 y tiene prácticamente vendida la producción de ese año. Dice que el producto y la rentabilidad están ya consolidados y que, aun así, aparecerán problemas nuevos. «Problemas hay siempre en todas las empresas.»

Cuando le pasé el borrador con las preguntas de este artículo, las contestó él. ¿Funciona, se vende y deja margen? «Cumple las tres cosas.» ¿A quién le sale caro que falle? Al fabricante que tiene problemas con el aluminio reciclado. ¿Mercado? Su producto encaja mejor fuera de España, donde la huella de carbono importa más: los países nórdicos son su objetivo y la internacionalización, el mayor desafío. ¿Cuello de botella? La financiación y que no falte materia prima. ¿Aguantaría su caja? Cree que sí. ¿Y la dependencia de personas? Toca documentar los procesos, informatizarlo todo y eliminar el papel.

Se ha hablado de «milagro» al presentar esta historia. Yo veo decisiones: elegir un campo donde equivocarse sale barato, probar en pequeño con algo que mide, dudar de que vender fuera ganar, cambiar la pregunta y buscar al cliente que tiene el problema. Y una regla que Raúl conoce de primera mano: cada fase resuelve unos problemas y genera otros.

La pregunta ahora es para tu negocio

Raúl tardó años en descubrir que el siguiente problema no siempre estaba donde parecía: primero fue el producto, después el cliente, luego la rentabilidad, la caja y ahora el crecimiento. Cuando resuelves un cuello de botella, aparece el siguiente.

Si al leer su historia has identificado uno en tu negocio, probablemente ya tienes un buen lugar por donde empezar.

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Enrique Torres
Enrique Torres

Consultor de IA y procesos para pymes en Albacete. Ayudo a empresarios a ordenar su negocio antes de automatizarlo.

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